En las últimas semanas, tal vez un mes, las discusiones sobre el informe presidencial han llenado los medios de comunicación. La iniciativa del Presidente Felipe Calderón sobre el cambio de formato del informe, recogiendo las antiguas propuestas de la oposición sobre el debate estilo parlamentario que se podría dar en esa misma ceremonia, ha mostrado que la oposición en México vive aferrada a la siguiente premisa, que bien pudiera ser el know-how de todo político en el país:
Vivo para criticar, no para mejorar las condiciones del pueblo mexicano. Si hay un éxito político, NO PUEDE ser del gobierno en turno, o de otra corriente opositora. O es mío, o no es de nadie. Al fin y al cabo, el sabotaje político no tiene costo para mí. Preferible que las cosas no cambien, o que se deterioren, en vez de que mejoren por propuesta de otro. ¿Responsabilidad? ¿Qué es eso?
A fin de cuentas, analicen el impacto real del informe. Tanto si el Presidente da un mensaje a la nación desde la tribuna del Congreso, como si no lo hace, el rumbo del país seguirá exactamente igual. Si entrega su documento y se marcha, la cosa no cambia en lo más mínimo. Sin embargo, esa discusión ha absorbido por completo el tiempo de los políticos de todos los partidos durante un mes.
Que afortunados son por no tener ningún indicador de productividad, ¿no? A cualquier empleado en la iniciativa privada, que pase un mes discutiendo un asunto sin impacto para la empresa, ya hubiera sido despedido.